Encarnación del Leviatán

Este estudio constata que en la organización de la Iglesia Adventista del 7º Día no ocurrió la encarnación del Evangelio, pero la encarnación del Leviatán, la forma monstruosa del poder político. Se organizó como un estado moderno, lo que la Iglesia no es.

miércoles, 26 de enero de 2011

1. DEFINICIÓN DEL MONSTRUO

Thomas Hobbes

 
Antes de definir al Leviatán, recordemos algunos datos biográficos del inventor de esa genial imagen del poder del Estado; poder capaz de coordinar y unir los hombres en un cuerpo político, y que sirvió de modelo para que la I.A.S.D. creara un poder eclesial a fin de coordinar y unir los miembros en un cuerpo único.

Thomas Hobbes nació en la ciudad de Westport, Inglaterra, el 5 de Abril de 1588. A los quince años ingresó en la Universidad de Oxford, donde recibió su título. Fue uno de los maestros de la filosofía política inglesa. Escribió varias obras sobre cuestiones políticas. Leviatán (1651) es la más importante. Ciertamente su obra prima. 

Sus ideas políticas son importantes para el pensamiento occidental. Su filosofía, especialmente su teoría a respecto del origen contractual del Estado, ejerció profunda influencia en el pensamiento de Rousseau, Kant y de los enciclopedistas. Contribuyó para preparar, en el plano ideológico, el arribo de la Revolución Francesa. 

Al concebir la política como una ciencia que precisa ser fundamentada en nociones exactas, preparó el camino para el surgimiento de las Ciencias Políticas modernas. La tercera y la cuarta parte de Leviatán, en las cuales Hobbes examina, respectivamente, lo que es Estado Cristiano y lo que es Reino de las Tinieblas, revelan que él es un hombre religioso, profundo conocedor de la doctrina cristiana y con una visión muy adelantada de su tiempo sobre el papel de la Iglesia en la organización de la sociedad.

Definición del Monstruo


El leviatán mitológico, mezcla se serpiente y dragón

El título de la mayor obra de Hobbes comienza con un monstruo marino citado en la Biblia. Pero, en la portada de la primera edición del libro, el Leviatán es representado como un gigante coronado. “El cuerpo de la figura está formado por millares de hombrecillos. Con la mano derecha, el gigante empuña una espada (simbolizando el poder temporal) sobre un campo y una ciudad; en la izquierda, ostenta una cruz episcopal (símbolo del poder espiritual)”. O sea, el Leviatán tiene dos formas de gobierno que ejerce al mismo tiempo: el gobierno del espíritu y el gobierno de la vida física. Observe que el poder eclesiástico es una de las fuentes de la formidable fuerza del gigante.


Frontispicio de la primera edición del libro


Detalle del frontispicio de la primera edición

En la introducción de la obra Hobbes explicó que “...ese gran Leviatán, que se denomina cosa pública o Estado no es más que un hombre artificial, aun cuando sea de estatura muy elevada y de fuerza mucho mayor que la del hombre natural, para cuya protección y defensa fue imaginado”. Por lo tanto, el monstruo es la imagen del modelo político mecánico, de la máquina estatal de gobierno.

En el transcurso del libro, Hobbes construye una estructura del origen y del mantenimiento del Leviatán. Sigue un resumen de lo expuesto por él en ese sentido; resumen enriquecido con contribuciones de otros autores de renombre y que ya señala la identidad de la forma de gobierno de la I.A.S.D. con el monstruo.

Según Hobbes, ese gigantesco autómata fue creado para unir la multitud de individuos aislados en un cuerpo político. En el capítulo 17 de Leviatán, la creación del monstruo coincide con la constitución de la multitud en un cuerpo político. Hobbes explica cómo se constituyó el cuerpo político:

“Es como si cada hombre le dijese a cada hombre: ‘Cedo y transfiero mi derecho de gobernarme a mí mismo a este hombre, o a esta asamblea de hombres, con la condición de que le transfieras a él tu derecho, autorizando de manera semejante todas las acciones’. Hecho esto, a la multitud así unida en una sola persona se la llama República, en latín civitas. Esta es la generación de aquel gran Leviatán”.

O sea, el cuerpo político existe cuando las voluntades de todos son depuestas en una única voluntad, y cuando existe un depositario de la personalidad común. “El depositario de esta personalidad —son palabras de Hobbes— es llamado soberano, y de él se dice que posee poder soberano. Todos los restantes son súbditos”. Y añade: este soberano puede ser “un único hombre o una asamblea cuya voluntad es tenida y considerada como voluntad de cada hombre en particular”. Por lo tanto, la esencia del Estado es ser él soberano. Y el Leviatán es la imagen del Estado que ejerce el poder soberano.

Primera identidad entre la forma de gobierno de la I.A.S.D. y el Leviatán – Según el Manual de la I.A.S.D., los adventistas crearon su gigantesca máquina administrativa con el mismo propósito: coordinar y unificar los individuos que profesan el adventismo por el mundo en un único cuerpo. El soberano de los adventistas, el depositario de la voluntad común, es la Asamblea de la Asociación General o la Comisión Ejecutiva de la Asociación General entre las asambleas. Es para esos grupos de hombres que los adventistas transfirieron su derecho de gobernarse a sí mismos en asuntos religiosos. (Examinaremos y comprobaremos esta y las otras identidades aquí mencionadas en los capítulos siguientes).

Causas y Generación del Monstruo

El Leviatán es el resultado de una larga evolución del poder político. (Para saber más sobre el nacimiento y la extensión del poder político, son preciosos los libros de Bertrand de Jouvenel: Du Pouvoir y Les Débuts de l’État Moderne). El punto de origen del monstruo es el momento en que se volvió obvio que comunidad política es lo mismo que organización de dominación.

La mutación del poder se produce en Europa entre 1550 y 1650. Se encuentra acabada en el siglo XVIII, cuando la monarquía se vuelve absoluta y legisladora. Esta se arroga el monopolio de la determinación de los derechos y deberes de cada uno. Mediante centralización, jerarquización y burocratización del poder, la máquina estatal de gobierno se expande en todas las partes colocándose muy encima de los poderes locales. Y la jerarquía de los funcionarios substituye el gobierno de los nobles. En busca de bases ideológicas que confiriesen legitimidad al poder absoluto, los monarcas hacían derivar directamente de Dios su autoridad — la noción de “derecho divino”— sobre los hombres y las cosas incluidas en los limites de sus dominios.

Pero es el concepto de soberanía que provoca una profunda mutación en el pensamiento político y hace surgir el Leviatán; concepto que nada más tiene en común con el de la realeza. El poder soberano no cayó del cielo. Surge como la nueva instancia artificial que coordina y unifica los individuos en un cuerpo único. Con esa nueva instancia —según Alexis de Tocqueville en El Antiguo Régimen y la Revolución — el Estado “asume otras prerrogativas, ocupa otro lugar, se encariña a otro espíritu, inspira otros sentimientos”. El pueblo ya no es más una mera congregación geográficamente determinada y organizada de acuerdo con la pluralidad de los poderes locales, como lo era en el estado anterior.

La forma de gobierno de la I.A.S.D. está dentro de ese nuevo espíritu del poder soberano. Nada tiene que ver con las formas tradicionales de gobierno eclesiástico. Substituyó el gobierno de los clérigos por la jerarquía de los funcionarios (los niveles de administración). La Asociación General ejerce un poder centralizado y burocratizado que está muy arriba de los poderes de las iglesias locales, de las Asociaciones y de las Uniones. A través de las Divisiones, expande su poder por todas partes.

El concepto de soberanía lleva a un dislocación del concepto de poder: “poder” es el cemento del cuerpo político. Tal concepto Hobbes lo hace derivar del “estado de naturaleza”, situación hipotética en que los hombres vivirían si no existiese la sociedad y el Estado. En el estado de naturaleza, cada individuo procuraría satisfacer sus aspiraciones: los otros son competidores que precisan ser eliminados o subyugados. No existiría propiedad ni ley, sino la guerra constante que esa situación provoca: no sólo impide cualquier desarrollo (agrícola, industrial y científico), como también provoca temor constante de muerte. 

Lo que compele al hombre a salir de ese caos político. Y la razón le sugiere los medios de mantener un entendimiento recíproco, de convivir. Comandados por la razón, todos concuerdan en renunciar al derecho ilimitado (durante el estado de naturaleza) sobre todas las cosas. Sin embargo, el acuerdo no es suficiente para garantizar la tranquilidad: es preciso un poder irresistible, con fuerza de represión, capaz de atemorizar a los hombres y hacerlos seguir sus determinaciones. Ese poder, constituido gracias a un pacto voluntario de los hombres, es el Estado, que, por eso mismo, según Hobbes, representa a todos los hombres.

En Paz Perpetua, Kant también hace derivar el concepto de soberanía de la naturaleza humana. Presenta el problema de la constitución de un Estado de la siguiente manera:

"Ordenar de tal forma una multitud de seres razonables, que desean todos leyes generales para su conservación, pero donde cada uno de ellos está propenso a exceptuarse de ellas en secreto, y darles una constitución tal que, a pesar del antagonismo erguido entre ellos por sus inclinaciones pasionales, ellos se constituyan un obstáculo unos a los otros, de modo que, en la vida pública, su comportamiento sea como si estas malas disposiciones no existiesen."
Politizar al hombre consiste en introducirlo en la maquinaria del soberano, del Leviatán. Este se presenta como el único poder común capaz de crear y mantener el orden en ese caos de inclinaciones y disposiciones individuales. Sin él, no existe pueblo propiamente dicho, sino que apenas una multitud atomizada, en la cual cada uno se enfrenta contra todos, y el miedo contra el otro hace que nadie se sienta seguro. Por peores que se suponga que sean los hombres, el soberano es el único que tiene un poder irresistible, capaz de coordinar y unificar los pensamientos y las actitudes de los individuos, y de cambiar el antagonismo y la competencia en solidaridad. Algo que, apenas por sus disposiciones naturales, el ser humano jamás podría alcanzar.

Hobbes fue muy criticado por su antropología y por el apoyo que su teoría le daba al absolutismo político. En Racines du Liberalisme, P. F. Moreau dice:

"Durante dos siglos le imputaron a Hobbes todos los pecados; pero, si lo examinamos más de cerca, veremos que sólo se discuten largamente los pormenores, mientras se reproduce el rigor del argumento hobbesiano. (...) Todos admiten el principio: el hombre es todo para el hombre — es un lobo, y también una defensa contra los lobos..."

Para Gérard Lebrun, la cosa extraña que aconteció después es esta: “A pesar de todas las maldiciones que dos siglos hicieron llover sobre Hobbes, fue en el camino por él abierto que tomó rumbo el pensamiento político”. Y yo añado: inclusive el pensamiento político de los adventistas.

Segunda identidad entre la forma de gobierno de la I.A.S.D. y el Leviatán – Constituida gracias a un supuesto pacto voluntario de los adventistas (fue un pacto de la elite administrativa), la Asociación General ejerce un poder soberano capaz de coordinar y unificar los pensamientos y las actitudes de los miembros de la I.A.S.D., para que ella no se desintegre en el caos de las disposiciones individuales y prospere.

Poder y Poder Soberano

Las ideas fundamentales del modelo político mecánico del Leviatán, que son las ideas fundamentales de la organización adventista, pueden ser presentadas en la siguiente secuencia: no hay comunidad o pueblo, rigurosamente hablando, sin unificación; no hay unificación sin soberanía; no hay soberanía sin poder; y no hay poder soberano sin una elite que domine. Por lo tanto, la comprensión de qué es el Leviatán requiere que se defina lo que es poder y poder soberano, y se establezca la relación entre ambos.

Relaciones de poder ya existían mucho antes del surgimiento del Leviatán y continuarán existiendo hasta el fin de los siglos. Las mejores definiciones de poder son las de Max Weber. Para él, poder es “la probabilidad de que una orden con un determinado contenido específico sea seguida por un grupo dado de personas”. Y poder como factor socio-político “significa toda oportunidad de imponer su propia voluntad, en el interior de una relación social, aun hasta contra resistencia, poco importando en qué repose tal oportunidad”.

Según el concepto weberiano, el poder se explica de una manera muy precisa: bajo el modo de la orden dirigida a alguien o a un grupo de personas que, se presume, deben cumplirla. Es lo que Max Weber llama de Herrschaft, término que Raymond Aron tradujo como dominación, conservando la raíz alemana Herr (dominus = señor).

Es importante que los siguientes aspectos queden claros: 1) Que poder es lo mismo que coerción, dominación, arbitrio, en fin, el uso de la fuerza, de la violencia. 2) Que en el Estado moderno, el uso de la fuerza está fundado generalmente en el derecho, y sirve —en tesis— para garantizar la seguridad externa y la concordia interna de unidades políticas particulares. 3) Que el poder posee un carácter disimétrico, no igualitario, jerárquico. Para que unos tengan poder, los demás no pueden tenerlo. De ahí que el poder sea ejercido siempre por una elite que domine, mientras los demás son excluidos del poder.

A lo que ya fue dicho sobre el poder soberano, añadimos lo siguiente: es un poder común capaz de agregar individuos iguales; iguales en su sumisión. Es un poder que está muy arriba de cualquier otro poder dentro de una unidad política particular. Posee un carácter ineludible: es un poder apoyado en sí mismo e independiente de las inclinaciones y de las virtudes humanas. Se trata de un poder perpetuo (sin solución de continuidad) e incontestable (no está sometido a ningún otro poder).

Para constituir la sociedad como una comunidad orgánica, el soberano precisa someter todas las voluntades a su propia voluntad. Para tal, él se encarga de estipular normas y valores que pueden ser manipulados jurídicamente, determinar los derechos y deberes de cada uno, y usar la fuerza represiva para evitar cualquier desliz de los engranajes de la máquina administrativa. Y agrega los individuos mediante la matriz orden / obediencia. De ahí que hace mucho tiempo ser ciudadano es igual a ser obediente.

Tercera identidad entre la forma de gobierno de la I.A.S.D. y el Leviatán – Ser miembro de la I.A.S.D. es igual a ser obediente al poder soberano ejercido por la Asociación General. Este poder común y omnipresente —se expande en todas las partes a través de las Divisiones— controla, manipula y disciplina los individuos a fin de crear adeptos obedientes, lo que hace atribuyéndose el monopolio de establecer normas, determinar los derechos y deberes de cada uno y usar una forma da fuerza represiva para evitar deslices: la temible “disciplina eclesiástica”.

Conviene notar que poder y poder soberano nada tienen que ver con el “poder” concedido por el Espíritu Santo a los cristianos. Pablo lo define como “capacidad” y aparece en las comunidades cristianas como diversos “dones” que capacitan a los receptores para contribuir con la edificación de la Iglesia. En ninguna parte del Nuevo Testamento se afirma que los dirigentes de la Iglesia recibirían poder del Cielo para dominar a sus hermanos en la fe. El poder (la dominación) que las autoridades eclesiásticas ejercen es el poder del leviatán adventista, y nada tiene que ver con la capacidad que el Espíritu Santo otorga para “edificar” la Iglesia.

Hace tanto tiempo que el poder es reconocido (por muchos como una fatalidad) que nos fuerza a someternos a él. En la sociedad civil, los ciudadanos aceptan ser confiados al soberano a cambio de su seguridad, y de la certeza de que él les dará condiciones a todos para que se porten como sujetos racionales. El precio a pagar por la utilidad del poder es la complicidad inevitable entre el ciudadano y el soberano que existe en la relación de poder establecida entre ambos: el ciudadano como dominado / protegido y el soberano como dominador / protector.

En la I.A.S.D., la complicidad de los miembros con el poder eclesiástico tiene otros motivos: los miembros aceptan ser confiados al poder eclesiástico a cambio de su salvación y de la certeza de que él les dará condiciones para que todos vivan la vida cristiana. Pero los dueños del poder eclesiástico piensan de otra manera: la máquina administrativa es la condición para la conservación y el funcionamiento de la denominación. Y concluyen: si suprimimos la máquina administrativa, suprimiremos juntamente la denominación. Para evitar esto y otros problemas relacionados con el establecimiento y el mantenimiento del orden interno, los administradores de la I.A.S.D. tienden a volverse dominadores, a cuidar más de la máquina administrativa que de las personas.

Los efectos de dicha sumisión pueden ser desagradables, debido al hecho de que el poder, tanto en el Estado como en la Iglesia, se haya burocratizado, tecnificado y sofisticado a punto de crear individuos obedientes. Luego, los individuos pueden sentirse tentados a no consentir con el poder soberano. Pero todos sabemos que atentar contra ese poder significa colocarse en una situación de peligro. Su violencia es tan monstruosa que pocos osan rebelarse.


El Leviatán moderno

El Leviatán Domesticador

Los análisis, bajo ángulos diversos, de Hegel, Durkheim, Michel Foucault, B. de Jouvenel y otros, muestran que en el Estado moderno, “ciudadano” significa cada vez menos individuo político mientras sea participante del poder, y cada vez más individuo político mientras esté siendo codificado, producido e enteramente determinado por el poder. En las democracias más desarrolladas de los tiempos contemporáneos (principalmente las europeas), el poder estatal se preocupa más en prevenir la desobediencia que en reprimirla. O sea, es menos una instancia represiva y más una instancia de control que, se manera subrepticia, manipula al individuo en el sentido de disciplinarlo, dándole “buenos hábitos”. Ya en las democracias formales (por ejemplo las latinoamericanas, con raras excepciones), el Estado domina descaradamente a los ciudadanos, en algunos países de forma brutal.

Mientras el Estado totalitario integra al individuo por la dominación abierta, haciéndolo migajas con la máquina administrativa, el Estado democrático lo integra fabricándolo por la domesticación, mediante sus pedagogías disciplinares (enseñanza, ejército, policía, justicia, iglesias, medios electrónicos de comunicación...). Las obras de Noam Chomsky muestran como el sistema de propaganda de los centros de poder usan los medios electrónicos de comunicación para domesticar el pensamiento, fabricar consensos e ilusiones necesarias para la gestión social. Pero la domesticación no es un dato humano. Se refiere al esfuerzo en que el hombre “civiliza” animales.

Cuarta identidad entre la forma de gobierno de la I.A.S.D. y el Leviatán – La I.A.S.D. crea y domestica a sus miembros y obreros mediante la socialización psicológica y por sus pedagogías disciplinares — propaganda confesional, escuela sabática, instituciones educacionales, procesos de entrenamiento, entre otras.

¿Qué es ese “individuo” creado por el Leviatán, que lo considera como un animal (o fiera) que debe ser domesticado? El individuo “mejorado” por la domesticación es una caricatura de ser humano, una criatura debilitada y menos dañina por estar aprisionada entre fuerzas pavorosas. Su vida está empobrecida y se ve impedido de seguir su propio camino, de ser una persona completa. Y el individuo “mejorado” por la domesticación de la I.A.S.D. es una caricatura de lo que debería ser el cristiano. La situación de este último es peor que la del ciudadano, pues fue sometido a una doble domesticación — la del Estado y la de la I.A.S.D..

Alexis de Tocqueville, en la conclusión de su obra La democracia en América (1835-1840) consigue antever cómo sería el poder y cómo serían los “individuos” en nuestro tiempo:

"Después de haber así tomado en sus manos poderosas cada individuo y después de haberle dado la forma que bien quiso, el soberano extiende los brazos sobre toda la sociedad; cubre la superficie con una red de pequeñas reglas complicadas, minuciosas, uniformes, a través de las cuales los espíritus más originales y las almas más vigorosas no conseguirían aparecer para sobresalir en la masa; no dobla las voluntades, las ablanda, las inclina y las dirige; raramente fuerza a actuar, pero se opone frecuentemente a la acción; no destruye, impide el nacimiento; no tiraniza, complica, comprime, enerva, enfría, embota, reduce, en fin, cada nación a nada más que una manada de animales tímidos e industriosos, cuyo pastor es el gobierno."
Es exactamente así que muchos pastores, obreros y laicos actuantes se sienten frente a las acciones controladoras de la administración de la I.A.S.D. — impedidos de ser y de hacer todo lo que podrían.

Lo que se percibe en nuestro tiempo es lo siguiente: el poder estatal y el poder eclesiástico son menos absolutos, pero el aparato regulador de que disponen se está transformando y creciendo. Cuentan con recursos y estrategias más sutiles y perfeccionadas. Atrás de una apariencia de autoridad cortés y benevolente, en la oscuridad desarrollan su capacidad de violencia, de coerción.

El Leviatán —el poder irresistible que crea y manipula al ciudadano— es la condición sine qua non para que haya sociedad, comunidad política. Él es la voluntad común a la cual deben someterse todas las voluntades. Sin su poder soberano nadie tendría la confianza necesaria para sentirse miembro de una sociedad.

Causas y Generación del Leviatán Adventista

Porque el poder soberano es el origen de la sociedad moderna, él es el elemento fuera del cual no podríamos vivir. De cierto modo, todos sentimos la necesidad de ese poder tutelar que nos agrega y protege. Se trata de un poder omnipresente, cuya acción reguladora hace con que las relaciones de poder sean la condición de funcionamiento de cualquier sociedad, comunidad o empresa moderna.

A esa fuerte acción reguladora del Leviatán se debe el hecho de que la I.A.S.D. sea cada vez menos una sociedad autónoma en el seno de la gran sociedad. Ella es la razón por la cual la comunidad adventista se ha organizado (con la ayuda de jurisconsultos) cada vez más a la imagen y semejanza del monstruo del poder del Estado.

Al comienzo, la I.A.S.D. usó como modelo la versión norteamericana del Leviatán debido a impulsos del inconsciente. El inconsciente colectivo es el lugar de los grandes arquetipos, de las grandes imágenes que estructuran las sociedades, las civilizaciones. Los impulsos iniciales para organizar la I.A.S.D. vinieron de los grandes arquetipos, de las grandes imágenes que, a fines del siglo XIX, estructuraban la sociedad norteamericana y habitaban el inconsciente individual de los fundadores del adventismo. Y no podría ser de otro modo, pues viviendo en la sociedad norteamericana, ellos no podrían evitar de ser moldeados por la socialización psicológica y por diversas formas de entrenamiento utilizadas por el Estado norteamericano para introducirlos en su mecanicismo.

¿La I.A.S.D. reconoce el hecho de haber usado el modelo de organización que le ofrecía la sociedad norteamericana y de haber creado su propio leviatán? Conforme veremos en seguida, no. Ese reconocimiento causaría repugnancia en muchos adventistas sinceros, pero ingenuos. Por eso, ella afirma haber usado otro modelo — un modelo imaginario ofrecido por un supuesto mundo divino. El capítulo siguiente examina ese modelo imaginario.

2. LA ENGAÑOSA VERSIÓN TEÍSTA DE LA ORGANIZACIÓN


Elena G. de White contribuyó con la versión teista de la organización

Desde el nacimiento mismo de la potestad de su leviatán, la organización adventista se encargó de fabricar los secretos del poder que ejerce en las comunidades adventistas y la teoría que legitima su autoridad religiosa. Para fabricar dichos secretos, guardó silencio acerca de las ideas en las cuales fundamenta las relaciones de poder, y para ocultarlas aún más, elaboró una engañosa versión teísta de la organización. 

Mi tarea aquí es dejar al descubierto lo que el leviatán adventista esconde detrás de ese silencio, y señalar las dislocaciones conceptuales, a veces sorprendentes, de su versión teísta de la organización, la cual usa como instrumento para domesticar el pensamiento, fabricar consensos y crear ilusiones necesarias a la gestión administrativa.

Para ser verdadero, el discurso de las autoridades adventistas debería ser este: “Sí, creamos una máquina de dominación, que copiamos de la máquina de dominación de los Estados Unidos de América (de ahora en adelante designado E.U.A.). Ella garantiza la unidad global de la I.A.S.D.”. 

Pero el discurso de dichas autoridades es otro: propagan la versión teísta de la organización creada por Elena G. de White, la cual afirma que el modelo de la organización de la I.A.S.D. se encuentra en el “mundo divino”, y presenta a las autoridades eclesiales como las defensoras de “un orden y de leyes más elevadas que las terrestres”.

Si los que mandan más en la I.A.S.D. se presentaran con el pecho abierto, tal vez conseguirían que los adventistas fuesen espíritus libres. Para éstos, el poder eclesiástico no sería más un escándalo ideológico. Sería única e francamente una cuestión de organización, y se preocuparían más en el sentido de que el poder eclesiástico fuese ejercido con menos daño para todos aquellos que son, por principio, excluidos de él.

Pero cuando se trata de ocultar en qué ideas se fundamentan las relaciones de poder en las organizaciones religiosas, hasta los "siervos de Dios" deben mentir.


Orígenes de la I.A.S.D.



Defensor del apocalipsis judaico
La I.A.S.D. es una organización eclesiástica relativamente reciente de origen norteamericana. Es una derivación de uno de los tantos movimientos apocalípticos que surgieron en los E.U.A. anunciando el fin del mundo — el llamado “movimiento adventista”, liderado por Guillermo Miller, un campesino bautista de Low Hamptom. Tal movimiento comenzó en la década de 1830 y alcanzó su apogeo en la primera mitad de la década de 1840.

El movimiento creado por Miller inspiró la creación de la I.A.S.D., la cual continúa hasta hoy cometiendo el mismo error metódico-hermenéutico de ese hacendado: la tentativa de inserir el Nuevo Testamento, incluso el apocalipsis cristiano primitivo, en el mundo de las concepciones de la apocalíptica judaica, principalmente en el libro de Daniel.

La interpretación historicista del fin del mundo de Miller era el resultado de una mezcla infeliz de apocalipsis judaico con apocalipsis cristiano.

Con certeza, el Nuevo Testamento no es una continuación histórica del apocalipsis judaico, dedicado a la especulación con épocas y períodos que supone están determinados y permiten calcular la cronología del mundo. El Nuevo Testamento se ocupa del testimonio sobre la persona y la enseñanza de Jesucristo. Y en ninguna parte resume la substancia de la obra de Cristo, por consiguiente la substancia del Evangelio, en un sistema de especulación apocalíptica.

Santiago White y Elena G. de White

La expectativa provocada por el anuncio eminente del regreso de Jesucristo terminó en profunda decepción. La ansiada parusía no aconteció en ninguna de las fechas previstas. Pero un pequeño grupo de milleritas de Port Gibson, NY, creyó haber resuelto el misterio de la decepción y continuó anunciando el regreso próximo de Cristo sin marcar fecha. De ese grupo participaban Santiago White, que más tarde fue el primer presidente de la I.A.S.D., y su esposa, Elena G. de White, la líder carismática de la I.A.S.D., a la que se le atribuyó poseer el “don de profecía”.

Los primeros pasos en la organización de las congregaciones locales fueron dados en 1861, en Michigan. La organización de la administración general aconteció en 1863, y recibió el nombre de Asociación General. Después la máquina de gobierno de la I.A.S.D. se desarrolló paulatinamente hasta alcanzar el punto en el cual se encuentra en la actualidad.

El hecho de que la organización de la I.A.S.D. haya adoptado el sistema representativo del tipo presidencialista (en vez de “obispos”, es dirigida por “presidentes”), escoger las autoridades eclesiásticas mediante elecciones, tener un cuadro de funcionarios subalternos —los “departamentales”— que, a semejanza de los ministros de Estado, auxilian al presidente ejecutando deberes oficiales específicos, ya indica que es una copia del modelo ofrecido por la sociedad norteamericana. 

Sobre las doctrinas políticas y sociales norteamericanas, con las cuales la I.A.S.D. está en sintonía, ver Wright Mills, A Elite do Poder; Talcott Parsons, The Social System y el artículo “On the Concept of Political Power” en Politics and Social Structure.

Pero, el Manual de la I.A.S.D. ignora el modelo real ofrecido por la sociedad norteamericana y, en su versión teísta de la organización, presenta un modelo ideal, con el cual pretende pasar la idea de que la forma de gobierno de la I.A.S.D. cayó del cielo.

Eso queda claro examinando las bases religiosas y metafísicas de esa versión teísta de la organización, aparentada con la versión teísta de Rousseau.


Los Fundamentos Declarados

Las consideraciones hechas a seguir son sobre los capítulos 1, “La Iglesia del Dios Vivo”, y 3, ”Organización Fundada en Principios Divinos”, del Manual de la I.A.S.D. (Las páginas de dicho manual mencionadas en este libro son siempre de la versión portuguesa). Estos dos capítulos dan los fundamentos bíblicos y extra-bíblicos de la versión teísta de la organización adventista.

Un examen de esos fundamentos revela lo siguiente: como máximo tiene dos páginas usando como fuente la Biblia, contra aproximadamente siete páginas constituidas por citas de Elena G. de White.

Para muchos adventistas, citar la Biblia o Elena G. de White es casi la misma cosa. Y aquí se encuentra el punto en que el proclamado biblicismo adventista se transforma en “whiteismo”. De eso, el Manual de la I.A.S.D. es un buen ejemplo, pues la mayoría de sus capítulos fueron elaborados de acuerdo con los puntos de vista de esa autora.

En estas páginas, que abordan el asunto de forma más científica, no es correcto colocar Elena G. de White en pie de igualdad con la Biblia. Lo correcto es clasificarla como fuente no bíblica.

¿Cómo los capítulos citados del Manual de la I.A.S.D. justifican la constitución del cuerpo social adventista y su estructura de administración?


Los Fundamentos Bíblicos

El Manual de la I.A.S.D. no presenta una exégesis seria de los textos bíblicos que menciona. Su intención es otra: amontona textos bíblicos para formular un esquema racional teórico, que justifique y garantice el establecimiento y el mantenimiento del poder eclesiástico. Ese esquema es el siguiente:

"La Iglesia es una realidad innegable, pues a ella se refiere explícitamente el Nuevo Testamento, mediante diferentes expresiones (Hechos 20:28; Efe. 4:12), de entre las cuales la preferida es 'la iglesia del Dios vivo' (1 Tim. 3:15)."

"La palabra 'iglesia' es usada en el Nuevo Testamento por lo menos en dos sentidos: en sentido universal (Mat. 16:18; 1 Cor. 12:28), y en sentido local (la iglesia de una ciudad o provincia — 1 Cor. 1:2; 16:1 y 19; 1 Tes. 1:1; Hechos 15:41)."

"Cristo es la Cabeza de la Iglesia y su Señor viviente, y la Iglesia es el cuerpo vivo y activo de Cristo que él organizó como quiso (1 Cor. 12:18), concediendo, por el Espíritu, a sus miembros individuales, diversidad de dones adecuados a las diferentes funciones eclesiásticas (1 Cor. 12:4-5, 12, 27-28). Los miembros individuales, con sus diferentes dones y funciones, son reunidos en un sólo cuerpo volviéndose unos miembros de los otros (Rom. 12:4-5). Aquellos que están incumbidos de cargos de liderazgo deben tener por la Iglesia el mismo amor y dedicación que Cristo manifiesta por ella."
De esos fundamentos bíblicos, el Manual de la I.A.S.D. (págs. 41-42) infiere lo siguiente:

"Así como no puede haber un cuerpo humano vivo y activo sin que sus miembros estén orgánicamente unidos y funcionen juntos bajo un control central, no puede haber una Iglesia viva que crezca y prospere sin que sus miembros estén organizados en un cuerpo unido, y todos ellos desempeñen los deberes y las funciones confiadas por Dios, bajo la dirección de una autoridad divinamente constituida."

"Sin organización ninguna institución o movimiento puede prosperar. Una nación sin gobierno organizado luego se transformaría en caos. Una empresa comercial sin organización fracasaría. Así ocurriría con la Iglesia. Sin organización, se desintegraría y perecería."

"Para que se desarrolle saludablemente y cumpla su gloriosa misión, que consiste en proclamar el Evangelio de salvación a todo el mundo, Cristo le dio a su iglesia un sistema simple pero eficaz de organización. El éxito de sus esfuerzos para realizar esa misión depende de su leal cumplimiento de ese plan divino."
Nótese la semejanza de estas inferencias con las expresiones usadas por Hobbes para presentar el Leviatán. Por lo que ya fue visto en el capítulo anterior, queda claro que el Manual de la I.A.S.D. sigue por el camino abierto por Hobbes, trillado por Kant y los teórico del Iluminismo.

Sin embargo, su intención parece no ser otra sino defender la organización en un sentido genérico. No tiene ninguna preocupación en justificar lo que es de hecho la forma de gobierno de la I.A.S.D.. Y no podría ser de otra manera, pues burocracia y representación política son métodos administrativos imposibles de ser justificados por la Biblia. Lo que el Manual de la I.A.S.D. hace es sustituir la justificación de la forma de gobierno eclesiástico por la racionalización teórica.

El método que usa es bien conocido en los centros de poder, y que Jean-François Revel recuerda en su libro El Conocimiento Inútil en los siguientes términos: “los dirigentes y la imprenta del Estado engañan la sociedad; pero los gobiernos no conducen su política según sus propias mentiras. Ellos siguen otros documentos”. Es eso mismo lo que vemos en los dos capítulos mencionados del Manual de la I.A.S.D.. Los argumentos parecen estar apoyados en la Biblia, pero las dislocaciones conceptuales en relación a esa fuente indican que los dirigentes siguen otros documentos.

Análisis de los Fundamentos Bíblicos

En el último párrafo citado del Manual de la I.A.S.D. aparecen dos características fundamentales del Leviatán: la unificación de la multitud en un cuerpo único y la centralización del poder. Es claro, ellas están adaptadas a la naturaleza religiosa de la organización adventista. Veamos las dislocaciones conceptuales encontradas en los fundamentos bíblicos.

La más sorprendente se encuentra en la afirmación de que la expresión paulina “cuerpo de Cristo” se refiera a una organización centralizada. En ese sentido, “cuerpo” no representa una relación espiritual entre Cristo y los miembros de la Iglesia en actividad, sino una relación organizativa. Y esto es inadmisible en la teología bíblica. Leonhard Goppelt (Teologia do Novo Testamento, vol. 2, pág. 412), muestra el sentido teológico de esa expresión paulina:

"Bajo ‘cuerpo’, el hombre griego comprende la materia formada. Pablo usa la expresión en el sentido de organismo de miembros en actividad. En Rom. 6:13 el vocablo ‘miembros’ aparece como sinónimo de ‘cuerpo’ (Rom. 6:12). Basado en ese concepto, Pablo no compara la Iglesia simplemente con un cuerpo en el sentido corriente de la época (1 Cor. 12:12-26), sino que declara: ‘Vosotros sois cuerpo de Cristo; e individualmente, miembros de ese cuerpo’ (1 Cor. 12:27). Los discípulos son miembros de Cristo (1 Cor. 12:4-6), son su boca y manos auxiliadoras, y de esa forma, en conjunto, su cuerpo. Pues a través de ellos Cristo actúa en la Historia (1 Cor. 12:4-6). Los discípulos están unidos entre sí porque Él es el único que actúa a través de ellos, y no a través de una asociación de servicio que organizan. [Atención para esta última frase]. En la investigación se afirmó muchas veces que Pablo estuviese partiendo del mito gnóstico sobre el hombre primitivo. El pensamiento de Pablo, sin embargo, tiene su origen en su comprensión de la Cena del Señor, como muestra 1 Cor. 10:17 (cf § 40, II). En la Cena, Cristo ofrece su propio cuerpo, su persona, volviéndose así activo ahora en los miembros de la Iglesia. De esa forma él los transforma en su soma [‘cuerpo’ en griego], o sea, en una ‘persona global’, en el organismo de miembros actuantes, en la Iglesia como su cuerpo."
Las siguientes palabras de Karl Ludwig Schmidt refuerzan las de Goppelt:

"Pero, sea como sea, una cosa es clara: la Iglesia como cuerpo de Cristo no es mera sociedad de hombres. Partiendo de presuposiciones sociológicas no es posible comprender lo que significa y quiere significar la ‘asamblea de Dios en Cristo’. El punto decisivo es la comunión con Cristo." (“Iglesia”, en Gerhard Kittel, editor, A Igreja no Novo Testamento, São Paulo, ASTE, 1965, pág. 29).
Mientras Pablo piensa en “cuerpo” en el sentido de “actividad” de Cristo a través de los miembros de la Iglesia en el presente, el Manual de la I.A.S.D. piensa en “cuerpo” en el sentido de “organización centralizada” — el cuerpo debe tener una “cabeza” que centralice el comando de los “miembros”.

Si es correcto que Pablo entiende “cuerpo” a partir de la Cena, entonces, según el Manual de la I.A.S.D., ese rito tendría un significado que expresa una organización centralizada. Del punto de vista de la teología bíblica, eso es imposible de ser admitido.

Desde ese mismo punto de vista no es posible que “cabeza” —refiriéndose a Cristo— signifique organización centralizada. El sentido es otro completamente diferente: Cristo es el único que gobierna la Iglesia. Karl Barth lo expresa así: la Iglesia es “una comunión de personas y obras santas porque, fundada en Jesucristo, se deja gobernar únicamente por Él y quiere vivir únicamente cumpliendo su servicio de heraldo...” Afirma que la Iglesia tiene como objeto y fin el Reino de Dios. Por eso, dice lo siguiente:

"La Iglesia apostólica, o sea, la que oye y transmite el testimonio de los Apóstoles siempre tendrá un distintivo determinado, una nota ecclesiae, que es esta: Jesucristo no es sólo Aquel del cual procede la Iglesia sino que él es el que la gobierna. ¡Él y únicamente él! En ninguna época y en ningún lugar es la Iglesia una instancia que se mantiene por sí misma, sino que (y aquí sigue un principio importante con relación al gobierno de las iglesias) no puede ser regida fundamentalmente ni monárquica ni democráticamente. El único que rige es Jesucristo, y cualquier otro gobierno humano será siempre un mero exponente del gobierno propio de Cristo. Pero Jesucristo gobierna en su palabra mediante el Espíritu Santo, de manera que el gobierno eclesiástico es idéntico a las Sagradas Escrituras, pues éstas dan testimonio de Cristo. Por consiguiente, la Iglesia se hallará de continuo ocupada con la exégesis y aplicación de las Escrituras. Si la Biblia se convierte en un libro muerto, con su cruz sobre la tapa, y cantos dorados, es que está durmiendo el gobierno eclesiástico de Jesucristo; y la Iglesia dejando de ser, entonces, una, santa y universal, para dar lugar a la amenaza de que irrumpa en ella lo profano y disgregante." (Bosquejo de Dogmática, Buenos Aires, La Aurora & AMP; México, Casa Unida de Publicaciones, 1954, págs. 231-232).
Si los fundamentos bíblicos del Manual de la I.A.S.D. no son el resultado de exégesis, ¿qué son? Todo indica que adoptó la tendencia del funcionalismo, que consiste en determinar las funciones de los diferentes organismos sociales a partir de una comparación con las funciones de los organismos vivos. Mediante esta comparación, el funcionalismo pretende obtener datos empíricos que le permitan explicar conceptos sociológicos tales como función, estructura, integración, equilibrio y valores. (La teoría del funcionalismo es explicada por William Skidmore, Pensamento Teórico em Sociologia, Rio de Janeiro, Zahar, 1976, págs. 105-117).

Los críticos del funcionalismo suelen argumentar que una sociedad no es exactamente igual a un organismo vivo. Esa misma objeción le puede ser presentada al Manual de la I.A.S.D.: Iglesia no es exactamente igual a un cuerpo humano. Y pueden ser añadidas otras objeciones. La expresión “cuerpo de Cristo” en las epístola paulinas no es sinónimo de “cuerpo humano”. Y también que esa expresión tiene un significado teológico, lo que es muy diferente la explicación propia del funcionalismo.

Pero no es apenas en eso que el Manual de la I.A.S.D. confunde la naturaleza de las cosas. Las confunde también cuando compara Iglesia con nación y empresa mercantilista. Existe una enorme diferencia entre la naturaleza de la actividad de la Iglesia y la naturaleza de la actividad de una nación o de una empresa mercantilista. Esa comparación parece más un reconocimiento velado de la semejanza de las estructuras de la I.A.S.D. con las estructuras jerárquicas y burocráticas del Estado y de las grandes corporaciones mercantilistas. (Sobre el carácter de la Iglesia, ver Johannes Blauw, A Natureza Missionária da Igreja, São Paulo, ASTE, 1966).

Al establecer las ecuaciones Iglesia = cuerpo de Cristo y cuerpo de Cristo = organización centralizada, el Manual de la I.A.S.D. hace explícito que la unidad, la vida, el crecimiento, la prosperidad y el éxito de la Iglesia dependen de la organización centralizada. O sea, da a entender que organización centralizada hace las veces de Jesucristo!

Con la simple mención de textos bíblicos de cuño eclesial, el razonamiento del Manual de la I.A.S.D. pasa por encima de cuestiones decisivas, y suscita más dificultades de lo que resuelve. Por ejemplo, ¿cuál era realmente la forma de gobierno —si es que la tenía— de la iglesia apostólica? ¿Cuál es el sentido y la función de los ministerios carismáticos? ¿Cuál es la relación entre esos ministerios y la organización centralizada? ¿Cuál es la relación entre unificación en Cristo y unificación mediante una máquina administrativa? ¿Cuáles son los principios divinos que fundamentan la organización eclesiástica centralizada y el sistema representativo? Cuestiones de peso como esas precisan ser explicadas.

Los Fundamentos No Bíblicos

Pasamos al examen de los fundamentos no bíblicos —las citas de Elena G. de White— contenidos en los capítulos 1 y 3 del Manual de la I.A.S.D., para justificar la organización adventista.

Esas transcripciones son más numerosas y tienen más peso que los textos bíblicos. El motivo de esto es que el principio sola Biblia significa para los adventistas la Biblia sólo como la entiende y explica Elena G. de White. Y también porque la identidad de la organización adventista fue creada y es mantenida tomando como base las ideas de esa autora. Ella representa para los adventistas lo mismo que Martín Lutero para los luteranos, Juan Calvino para los reformados y Juan Wesley para los metodistas.

Los adventistas creen que los escritos de Elena G. de White contienen la “luz especial” que Dios le dio a los pioneros sobre la organización de la I.A.S.D.. En el libro Vida e Ensinos (1979, pág. 191) esa autora dice que la estructura de la I.A.S.D. fue erigida por orden de Dios y mediante “revelación especial”; tal estructura se destina a corregir males y propiciar el crecimiento de la causa adventista; no puede ser rechazada, al contrario, debe ser firmemente establecida, robustecida y consolidada. Fuera de la inspiración trascendente, ella determina para la organización adventista la misma función que el Leviatán tiene en la sociedad.

Una rápida mirada a las páginas del Manual de la I.A.S.D. es suficiente para percibir que están repletas de citas de esa autora, y que el pensamiento de ella fundamenta cada una de las normas prescritas en ese manual.

La primera frase del capítulo 3 del Manual de la I.A.S.D. orienta las formulaciones que siguen: 

“La organización proviene de Dios; tiene base en principios divinos”. En otras palabras, se trata de una versión teísta de la organización en sentido genérico.

El razonamiento es el siguiente: “En todas las obras de Dios a través del Universo se manifiestan sistema y orden”.

Presenta los siguientes ejemplos:

-Los ángeles, cuyos movimientos se caracterizan por el perfecto orden.
-El sistema estelar, que se mueve en perfecto orden.
-Las plantas y animales demuestran orden y sistema.
-Israel, al cual Dios concedió “un impresionante sistema de organización para gobernarle el procedimiento tanto en asuntos civiles como en los religiosos”.
-La Iglesia del Nuevo Testamento demuestra perfección en su organización.

La conclusión del razonamiento es esta: “El orden es la ley del Cielo, y debe ser la ley del pueblo de Dios en la Tierra”. Por lo tanto, la Iglesia debe ser “una continua representación de otra [realidad], aun del mundo eterno, de leyes que son más elevadas que las terrestres”. O sea, la Iglesia debe reflejar el orden y el sistema divinos. Esa versión teísta apunta para lo siguiente: la esencia del orden es divina. En cierto sentido, adopta el concepto de poder trascendental de las monarquías de los siglos XVII y XVIII.

En este razonamiento es evidente la influencia del mito y del naturalismo. Según el pensamiento mítico, la única sabiduría verdadera vive lejos de la especie humana, allá afuera, en la gran vastedad, y sólo puede ser alcanzada cuando el entendimiento se abre para todo lo que allá se esconde. Para el naturalismo, la sociedad debe pertenecer al mismo orden del mundo, de la creación, pues el mundo y la sociedad son creación de Dios. Por eso, trata de encontrar en el estudio del orden del mundo una revelación espiritual.

El propósito de ese discurso es sacralizar la organización en sentido genérico, y no justificar lo que realmente es la organización adventista. Se limita a declarar tales conceptos sin demostrarlos. Trata la cuestión de manera ingenua, exenta de sentido crítico. No dice cómo es el sistema de orden del Cielo, ni quién fue allá para saber cómo es ese sistema. No especifica cómo era la forma de gobierno del antiguo Israel ni el de la Iglesia del Nuevo Testamento. Y no muestra la relación que todo eso tiene con centralización, burocracia, jerarquía y representación política.

Sobre la organización de Israel, el Manual de la I.A.S.D. se limita a presentar una cita de Elena G. de White, en la cual esta autora menciona la distribución de la jefatura hecha por Moisés. No explica cómo una organización tribal y la distribución de la jefatura en el ámbito militar pueden servir de ejemplo para una organización eclesiástica moderna. Sabemos que el antiguo Israel cambió varias veces de forma de gobierno. En el período pre monárquico era una confederación igualitaria de tribus. (Ampliamente estudiada por Norman K. Gottwald en The Tribes of Yahweh. A sociology of the religion of liberated Israel, 1250-1050. B. C. E. Orbis Books, Maryknol, Nueva York, 1979). Después adoptó el régimen monárquico. Y, en el período post exílico, creó el sistema basado en el Sanedrín. ¿Cuál de esos sistemas de orden adoptados por Israel está de acuerdo con el supuesto modelo divino? ¿Por qué?

Sabemos también que la Iglesia apostólica, a la cual se refiere el Nuevo Testamento, tenía una forma dualista: la judeocristiana de Jerusalén y la gentílico cristiana de las comunidades fundadas por Pablo; que estas dos formas tenían relación con el sistema de la Sinagoga; y que, después de la destrucción de Jerusalén por los romanos, sobrevivió únicamente la forma gentilicio cristiana. Al fundar la Iglesia, los apóstoles la organizaron usando como modelo la Sinagoga, dirigida por un consejo de “ancianos”. Y la Sinagoga, por lo menos la de aquel tiempo, no tiene nada que ver con centralización, burocracia, jerarquía y representación política. ¿Cuál de esas versiones sirve como modelo, la judeocristiana o la gentilicio cristiana? (Ver Jean-Louis Leuba, Institución y Acontecimiento, Salamanca, Sígueme, 1969, el capítulo V, “El dualismo eclesiástico”. También Karl Barth, “La Iglesia, Congregación Viviente de Jesucristo, el Señor Viviente”, in ISEDET, Cuadernos Teológicos, Tomo XII, número 3, Julio / septiembre de 1963, Buenos Aires, La Aurora, págs. 153 a 161. Y Norberto Bertón, “La Estructura de la Congregación en el Nuevo Testamento”, en ISEDET, Ídem, págs. 162 a 190).

Dislocaciones conceptuales y omisiones como las mencionadas hasta aquí, no son exclusividad de los adventistas. Son usadas por otras iglesias para justificar sus respectivas organizaciones de dominación. La Iglesia Católica, por ejemplo, inventó el primado de Pedro y la sucesión apostólica para justificar su organización, que es una copia de la estructura de dominación del Imperio Romano. Según 1 Cor. 3:11, la Iglesia fue edificada sobre Jesús. Los apóstoles son el fundamento porque transmiten el testimonio primitivo a respecto de Jesús. Ellos son el fundamento de la Iglesia y no base de una secuencia de dignatarios eclesiásticos. Comprendido de esa manera correcta, el dicho de Mat. 16:18 que se encuentra inscrito en la parte interna de la cúpula de la catedral de San Pedro en Roma, refuta la pretensión del papado, pues él designa a Pedro como la roca sobre la cual está fundada la Iglesia, y no la sucesión episcopal romana. El dicho afirma de Pedro lo que fue atribuido a todos los apóstoles, conforme Efe. 2:20 y Apoc. 21:14. El Manual de la I.A.S.D. no actúa diferente de la Iglesia Católica. Comete una grave dislocación conceptual cuando deduce una organización de dominación de textos bíblicos.

Parece estar claro que el alcance de la versión teísta de la organización adventista es ocultar el hecho de que la estructura de la I.A.S.D. tiene relación con la estructura de la sociedad norteamericana, presentándola como teniendo relación con el “orden divino” encontrado en la organización de Israel, de la Iglesia primitiva y en el Universo.

¿De dónde vienen esos conceptos religiosos y metafísicos de la versión teísta de la organización presentada por el Manual de la I.A.S.D.? La respuesta a esta cuestión es dada en el capítulo siguiente.


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